TESTIMONIOS

Mujer Anónima

En abril llegué a la conclusión de que tenía que buscar ayuda tras haber tocado fondo y con mi vida hecha añicos.

La rehabilitación fue muy difícil y dura. Tuve una recaída a los cuatro meses de empezarla, y en ese momento fui consciente de la gravedad de esta enfermedad. Aunque en un principio culpé de mi recaída a mi marido y a la situación económica, lo cierto es que la única culpable fui yo.

A partir de ese momento tomé la firme decisión de no volver a jugar. Me volqué en las terapias, y ese fue el secreto de mi éxito. Porque para mi, tan importante ha sido saber escuchar, como sincerarme y hablar sin tapujos. Cumplí las normas al pie de la letra, y desterré las mentiras y los engaños de mi vida. Y tanto en las terapias como en mi casa, hable de todo lo bueno y lo malo que me sucedía, de cómo me sentía y de mis problemas familiares y económicos.

Tuve momentos en los que por las circunstancias sentí la tentación de volver a jugar. Pero en lugar de jugar, llamé a mi monitor y me ayudó a vencer la tentación. Algo de lo que siempre hice participe a mi marido, y que él supo valorar.

Si bien cumplir las normas le tranquilizó, la confianza la he ido recuperando poco a poco siendo sincera con él, y recuperando la comunicación que habíamos perdido. Hablarle de mi día a día, de mis sentimientos, de mis tentaciones, y hacerlo con toda confianza ha sido fundamental para ambos.

Hoy en día he recuperado una estabilidad laboral, a mi marido, poco a poco vamos pagando las deudas, y volvemos a tener una vida normal. Algo que a pesar de mi decisión de no volver a jugar, no hubiera conseguido sin su apoyo y el de mi grupo de autoayuda.

Porque la vida no es un juego, jamás volveré a jugar con ella.

Hombre Anónimo

Un 17 de junio del 2015, tuve el valor de hablar con mi mujer y confesarle que estaba metido en el juego, a partir de ese momento mi vida cambio, pero quizá sea mejor empezar por el principio.

Empecé a jugar desde pequeño, debería de tener 10 o 12 años. Me encantaba jugar a las máquinas de millón (entrar en aquellas salas de recreativos, era toda una aventura para mi), las partidas de póker con amigos, en fin, me relacione con el juego a una edad muy temprana. Aparecieron las primeras máquinas tragaperras, y para rizar el rizo, cuando cumplí 18 años fui con mi padre al bingo el mismo día de mi cumpleaños.

De mis 55 años que tengo ahora mismo, he pasado más de 40 años metido en el juego.

A pesar de llevar 40 años jugando, lo peor empezó los últimos siete años. Llega ese momento en el que no puedes dejar de jugar. En mi caso, vivía los días jugando. Si no tenía dinero, pensaba en cómo conseguirlo pidiendo a amigos y familiares. Dejas de trabajar, y si puedes robar o estafar, lo haces por conseguir ese dinero para seguir jugando. Eso durante el día. Por las noches no dormía pensando en cómo hacer al día siguiente.

Las deudas se van acumulando, llega el día que el cajero automático se traga la tarjeta de crédito, has acabado con el saldo que tenías a crédito. El que tenía a débito ya hace mucho tiempo que se había acabado. Esperaba al cartero para coger la correspondencia y que mi mujer no la viera, y desconectaba el teléfono de casa por si llamaban los del banco o alguna entidad a la cual debía dinero. En ese punto empiezas a pensar en suicidarte, mi vida ya no tenía sentido para mí.

Creía que estaba solo, que era un desgraciado que solo hacía que mentir y engañar a todas las personas que estaban a mi alrededor. Tenía miedo a que se descubriera no solo que estaba metido en el juego, si no que esa persona que yo había creado, la gente descubriera que era una fachada. Lo que realmente había era un cobarde que no sabía cómo afrontar los problemas y trataba de ocultar esos problemas en el juego.

Ese 17 de junio que escribía al principio, fue un día durísimo, confesé mi problema y mi mujer se vino abajo. Acababa de darse cuenta de que tenía una persona que había vivido con ella durante años y que no conocía. Que había vivido una mentira.

Ese mismo día aprendí mi primera lección: no estaba solo. La gente que te quiere está ahí, no te deja. No recuerdo cuanto tiempo transcurrió hasta que mi mujer reacciono, ya que en esa situación un minuto era eterno. Pero reaccionó. Me abrazo, me consoló, me ayudo y me dijo que iba a estar a mi lado, que juntos saldríamos de esa situación y que aquel hombre del cual hacía ya muchos años que ella se había enamorado volvería a estar con ella.

Acudimos a una asociación de ayuda para ludópatas y entré en terapia, ahí vi que no era yo solo, había muchos como yo y por muy diversos motivos. Cada uno con una historia, pero el patrón era el mismo para todos. No fue fácil, es muy duro, pero cuando uno comparte sus miedos, sus temores, estos se hacen más pequeños. Mi mujer también entró en terapia. Los familiares de los ludópatas, tienen también ante sí un camino durísimo, han de aprender a vivir con un ludópata.

En diciembre del 2016, fui dado de alta. Sin embargo, eso no significa que este curado, siempre seré un ludópata, pero hasta la fecha estoy rehabilitado. No sé si mi mujer recuperó al hombre del cual se enamoró. Pero soy otro, soy feliz, vivo durante el día y duermo tranquilamente por las noches. Hoy soy monitor, intento ayudar como hicieron conmigo. Si alguien lee esto y tiene un problema con el juego o cualquier adicción, no lo pienses, dilo, pide ayuda, hay salida, se puede salir de esa lacra.

Como he dicho no es un camino fácil, pero al final de ese camino la recompensa es enorme, es simplemente volver a vivir.